El caballo descabalgado


Por Esmeralda Royo.

       Cuando decidió ir de Morpeth al Derby de Epson compró un billete de tren de ida y vuelta.  Ida y vuelta.

   No hace falta ser un avezado investigador policial para saber que si alguien piensa volver es porque no pretende morir voluntariamente allí donde ha ido.  También dio igual que su hermana dijera que habían planeado unas vacaciones para el mes siguiente. Scotland Yard y los medios de comunicación británicos, escandalizados, que no conmovidos,  eligieron para ella ese final: el suicidio, quizás porque era lo más fácil.  Una mujer trastornada se había tirado a los pies de un caballo.  Fin. 

    Emily Davison era amante de la natación, el ciclismo y la literatura.  Le costó dios y ayuda, como a tantas mujeres, tener acceso a las aulas para aprender algo más que no fuera mantener la boca cerrada cuando hablaba un hombre, y fingir perplejidad si la conversación no versaba sobre las rosas del Hampton Court Garden Festival.

   Ella eligió pronto el lugar en el que quería estar: La Unión Social y Política de Mujeres (WSPU), el movimiento sufragista fundado por la lideresa Emmeline Pankhurst.

   ¿Era apasionada? Si.  Fue encarcelada ocho veces.  Se declaró en huelga de hambre en varias ocasiones y ante la negativa a ser alimentada, su celda de la prisión de Strangeways fue inundada con mangueras de bomberos mientras ella permanecía dentro. Su paso por la cárcel  de Holloway no fue más apacible. Como señal de protesta se tiró por una escalera, sufriendo daños en la columna vertebral que le ocasionarían dolores de por vida.

  ¿Era desmedida? También. Lo demuestra el hecho de que fuera encarcelada por apedrear el coche en el que creía que iba el ministro de Hacienda David Lloyd George, un liberal que había elegido a las sufragistas como diana de sus chanzas y chistes.

  A pesar de venerar a Emmeline Pankhurst, Emily iba por libre, hasta el punto de ser apartada de sus filas.  Quemar buzones no estaba dentro de las acciones recomendadas y Emily lo ignoraba frecuentemente.

– Tienes que aprender a distinguir entre ser atrevida o imprudente, le dijo Sylvia Pankhurst. El atrevimiento no tiene precio, la imprudencia sale cara.

    ¿Estaba loca como, tras su muerte, publicó “The Times”?  Rotundamente, no.  Lo que ocurría era que las sufragistas, todas ellas, eran consideradas unas locas. Solteronas aburridas (daba igual que estuvieran casadas y tuvieran hijos), que empleaban su tiempo en perturbar la paz del convento de la inacabable sociedad victoriana, ignorante de que el convento, ya no británico sino mundial,  iba a saltar por los aires un año más tarde.  Y así, esas mujeres que veían como sus peticiones eran ignoradas por todos las autoridades (lores, comunes, conservadores, liberales y laboristas), se manifestaban con la banda cruzada al pecho para pedir el voto femenino, sabiendo que iban a ser insultadas y agredidas por ciudadanos y policías que desde las aceras se reían a su paso.  

   El 4 de junio de 1.913, el Hipódromo estaba a reventar, como siempre que corría un caballo del Rey y éste se encontraba presente.  Jorge V, Rey del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda y de sus Dominios de Ultramar y Emperador de la India, que no vivió para ver como su heredero abdicaría meses después de ser coronado, miraba desde el palco real como su caballo Anmer, montado por Herber Jones, tomaba posición en la linea de salida.

   Emily Davison se había situado abajo, al final de la curva de Tattenham y donde se iniciaba la recta final.  Llevaba escondido un cartel sufragista y pretendía salir al encuentro del caballo, coger sus bridas y colgarle el cartel al cuello.  Calculó mal y demostró saber muy poco de caballos y carreras.  Anmer no sólo no se detuvo, sino que le pasó por encima a una velocidad de 60 km/h, tiró al jinete, acabó por los suelos para levantarse inmediatamente y siguió su carrera descabalgado hasta llegar a la meta, ignorando los gritos del público.  Ambos, Jones y Davison, salieron con vida del trance, aunque ésta falleció cuatro días más tarde.

  Jorge V diría en ese momento:  “Qué hecho más lamentable y escándaloso”.  Su esposa, la reina Mary, definió a Emily Davison como “una mujer horrible”, palabras que repetiría veintitres años más tarde cuando su hijo, el futuro y breve Eduardo VIII, le manifestó sus intenciones de casarse con una americana divorciada.

   Entre la burla y el menosprecio, la prensa eligió esto último. Al día siguiente ocupaba más espacio en los periódicos el escándalo de las apuestas en esa misma carrera.  El ganador había sido Cragnour, el caballo propiedad del naviero Charles Bowyer, que el año anterior había visto como el orgullo de su flota, el Titanic, había sucumbido ante un iceberg.  El comisario jefe del Jockey Club en Epsom se había enterado de que el naviero era amante de su cuñada y, absolutamente ofendido,  se vengó, relegando a Cragnour al último lugar y dando como vencedor a otro caballo que iba cien a uno en las apuestas.

   Lo que no pudo ignorar la prensa británica fue el funeral.  The Guardian tituló:  “Funeral militar para Emily Davison” y en su crónica se lee como 5.000 mujeres vestidas de blanco y con la banda morada, seguidas de cientos de hombres, escoltaron el coche de caballos que portaba el féretro con la inscripción:  “Emily Davison, Dios te dará la victoria”.  Esta inscripción está bajo tierra pero no la que reza su lápida:  “Hechos, no palabras”

   Quince años más tarde, en el funeral de Emmeline Pankhurst había un hombre en un lugar destacado, el jinete Herbert Jones, que quiso honrar la memoria de aquélla y de Emily Davison. “Esa pobre mujer”, según sus palabras, cuyo rostro jamás pudo borrar de su memoria. 

    Gracias a la nuevas técnicas cinematográficas y la digitalización de la película filmada ese día en el Derby de Epson, se puede demostrar que ni Davison había elegido el martirio para defender la causa, ni  intentaba derribar a Anmer, sino que estiraba una mano para ponerle una bandera.

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