
Por Carlos Calvo
Subdirector del Pollo Urbano
El quiosquero de la esquina lo tiene claro: un documental no solo se ve, un documental mira.
Y duda que el espectador medio distinga entre un reportaje televisivo y la esencia del género documental, tan maltratado últimamente. Meros productos fabricados en cadena, como los chorizos, por y para analfabetos funcionales. Hasta el rabo, ya ven, todo es toro. Es la degradación, maldita sea, de un género que debería ser una suerte de ensayo cinematográfico para derribar, así, las fronteras que separan documento, ficción y retrato íntimo.
Los mejores documentales son diarios íntimos filmados con su característica voz en off que acompaña imágenes cotidianas, a veces familiares, a veces recónditas. En ocasiones, esa voz explica por qué ha elegido una secuencia, otras solo transmite una idea, una reflexión a la que se dan la mano una comprensión profunda del ser humano y una cierta inocencia en la mirada necesaria para descubrir la belleza allí donde se posa.
La voz en off, siendo un recurso muy discutido, añade una cualidad reflexiva y poética a las imágenes, liberándolas de su carácter puramente informativo. Y luego está el montaje, que yuxtapone conceptos o escenas aparentemente lejanas e inconexas, con la idea de que el espectador pueda inferir su relación entre ellas, que es exactamente cómo funciona una metáfora. La pregunta sería cuál es la función del recuerdo, que no es el contrario del olvido, sino más bien su reverso. De hecho, advierte el quiosquero de la esquina, no nos acordamos de nada. Reelaboramos la memoria de la misma manera que reelaboramos la historia.
Acaso el séptimo arte no nació para contar historias, maldita sea, sino para discutir ideas y generar conocimiento por medio de ese instrumento científico y poético a la vez llamado montaje cinematográfico: juntar dos imágenes o dos sonidos para darles un nuevo significado. Acaso, también, el documental puro sería el del cine observacional y prescindir de entrevistas, de bustos parlantes, de textos explicativos, de voz en off, de música ambiental, de cualquier comentario. Y reservar en la mesa de montaje la potestad de editar a partir de la interpretación que debe hacerse de la realidad, el lenguaje no verbal que se establece entre los personajes y las intenciones que el realizador adivina. Cada película de no ficción debería ser un proceso de descubrimiento.
Lo que diferencia al documental bien entendido del convencional reportaje televisivo es esa salida del curso habitual, ese empuje constante en llevar a cabo el acto de romper (una ruptura que es la habilidad del ritmo), porque sabe que la imagen puede convertirse en poder y violencia; un poder, aunque prohibido, que corre el riesgo de devenir el simple poder que prohíbe (como tal vez sucede en todos los sistemas éticos). Los hechos nunca evolucionan en línea recta, sino en espiral, es decir, en segmentos temporales que se encaran y repiten, sin ser nunca idénticos.
Aquí, en esta tierra nuestra, proliferan los realizadores especializados en el género documental, sobre todo alrededor de personalidades de las artes y las letras del ámbito aragonés. Su manejo es un combinado de elogiadores bustos parlantes, extractos de películas (si se trata de un cineasta), algo de material inédito e imágenes de archivo, que crea una atmósfera como de clase de repaso a última hora de la tarde.
Al fin y al cabo, el quiosquero de la esquina considera que el artista tendrá que ponerse firme, defenderá al medio y lo domesticará, utilizándolo para cultivar los campos de su propia imaginación. Pero, por el momento, el toro corre a su antojo.








