Leche: hormonas, antibióticos y riesgos para la salud


Por Jesús Sainz

    La leche materna es el alimento de los recién nacidos, lo cual facilita que se pueda vender como el alimento primordial por excelencia. Y así se vende, como si se tratara de un alimento esencial y sano.

    Lo cual es más que discutible.

Jesús Saínz Maza
Científico y Coordinador de la Sección

    Vale la pena resaltar que el ser humano es el único animal que consume leche después de la infancia. No solo eso, sino que durante la mayor parte de los millones de años de su historia no consumió leche después de la infancia. Solo hace unos miles de años que empezó a consumir leche pasada la infancia. Una mutación genética ilustra lo dicho anteriormente. La leche contiene un tipo de azúcar llamada lactosa. Cuando somos bebés, producimos la enzima lactasa que nos permite digerir la lactosa en la leche materna. En el pasado, después del destete, dejábamos de producirla. Ningún otro mamífero produce lactasa en la edad adulta, lo cual es lógico ya que no es necesaria al no consumir leche. Sin embargo, cuando el ser humano tuvo acceso fácil a la leche animal, al surgir la agricultura y la ganadería, se adaptó para consumirla con una mutación que permite digerir la lactosa después de los primeros años de vida (https://www.bbc.com/future/article/20190218-when-did-humans-start-drinking-cows-milk). Se estima que el consumo de leche de forma regular comienza alrededor de hace 7500 años (https://journals.plos.org/ploscompbiol/article?id=10.1371/journal.pcbi.1000491). Como recuerdo de nuestro pasado genético, todavía hay mucha gente que es incapaz de digerir la lactosa, ya que no poseen la mutación adecuada.

     Un mito asociado a la leche es que es una buena fuente de calcio para prevenir las fracturas de hueso. Muchos estudios científicos han demostrado que apenas absorbemos el calcio en la leche de vaca (sobre todo la pasteurizada), sino que, encima, aumenta la pérdida de calcio en los huesos originando más fracturas óseas (https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/8154473). Un estudio de 12 años de duración, “Harvard Nurses’ Health Study”, mostró que aquellos que consumen más productos lácteos tuvieron más fracturas que aquellos que rara vez bebieron leche. Este es un estudio muy amplio en el que participaron 77,761 mujeres de 34 a 59 años, con lo cual quedan pocas dudas de la fiabilidad de los resultados (https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC1380936/pdf/amjph00505-0106.pdf).

    La razón por la que el consumo habitual de leche acaba provocando más fracturas de hueso, es que la leche acidifica el pH del cuerpo. Al igual que cualquier otro alimento derivado de animales rico en proteínas, la leche tiene una carga acídica potencial que desencadena una reacción biológica protectora para neutralizar las proteínas ácidas dañinas antes de que lleguen a los riñones. Dicha acidez se neutraliza mediante la extracción de calcio de los huesos, ya que el calcio es un buen agente neutralizador. Una vez que se ha extraído de los huesos, sale del cuerpo a través de la orina, originando un déficit de calcio. Una prueba indirecta son las estadísticas que muestran que los países con menor consumo de productos lácteos también tienen menor incidencia de fracturas óseas y viceversa.

     Además, la leche actual es un alimento procesado industrialmente. Hasta finales del siglo XIX o principios del XX, la leche se consumía sin pasteurizar o cruda. Los procesos industriales actuales aumentan sus efectos acidificantes y perjudiciales.

    Es importante tener en cuenta que la leche materna es un alimento excelente para los bebés humanos, pero su composición es muy diferente de la leche de vaca. Cada especie de mamífero “diseña” su propia leche. Por ejemplo, la leche de vaca contiene en promedio tres veces más proteína que la leche humana. No es sorprendente que consumir leche de otro mamífero cree alteraciones metabólicas que tienen consecuencias perjudiciales para la salud en los humanos.

      Otra de las causas de los problemas que causa la leche son las hormonas que contiene. A la mayoría de las vacas lecheras se les inyecta una forma genéticamente modificada de la hormona del crecimiento bovino (rBGH). Una hormona sintética utilizada para aumentar artificialmente la producción de leche, rBGH también aumenta los niveles sanguíneos del factor de crecimiento de insulina 1 (IGF-1). Y niveles más altos de IGF-1 están vinculados a varios tipos de cáncer (por ejemplo, cáncer de mama). Un estudio realizado en Suecia asoció el consumo de leche con mayor mortalidad además de con fracturas óseas. Se estudiaron 61.433 mujeres y 45.339 hombres (https://www.bmj.com/content/349/bmj.g6015). Se encontró una relación directa en mujeres entre el consumo de leche y la mortalidad total, así como las fracturas, en especial la fractura de cadera. En los hombres se encontró una relación directa entre consumo de leche y mortalidad asociada principalmente con la tasa de muerte cardiovascular. No se observó una relación con las fracturas (https://www.tendencias21.net/Relacionan-la-ingesta-de-leche-con-un-aumento-de-la-mortalidad-y-de-las-fracturas_a38262.html).

    Lo que hoy llamamos leche es producido de la siguiente manera: La vaca produce leche sólo después de parir a un becerro para poderlo amamantar. Después deja de producir leche porque ya no es necesaria. En la industria, una vez que la vaca ha cumplido unos dos años es inseminada artificialmente por primera vez.  Al cabo de los nueve meses del periodo de gestación, la cría es generalmente separada de su madre. Desde el nacimiento de la primera cría, se ordeña a la vaca dos o tres veces al día para el consumo humano. No para el becerro. Para conseguir que las vacas produzcan leche continuamente, se las insemina artificialmente una y otra vez. La finalidad es que tengan un ternero al año, una lactancia de 305 días, y una fase sin producción de leche de unos 60 días. Se obliga a la vaca “lechera” a estar en un estado de embarazo perpetuo la mayor parte de su vida, con el consiguiente trastorno fisiológico que ello le provoca.

     A medida que progresa el embarazo en una vaca, más hormonas aparecen en su leche. La leche de la vaca al final del embarazo contiene unas 33 veces más de la hormona sulfato de estrona y niveles mucho más altos de otras hormonas que cuando no está embarazada. Tratadas así, las vacas llegan a dar más de 30 litros de leche por día o más de 10.000 al año. Sin embargo, la leche que una vaca debería producir para alimentar a un ternero no pasa de 8 litros al día. Esta sobreproducción obligada origina una leche con niveles peligrosamente altos de sulfato de estrona, un compuesto relacionado con el cáncer de testículo, de próstata y de mama (https://elmedicointeractivo.com/niveles-elevados-hormonas-aumentan-riesgo-desarrollar-cancer-mama-20111024125559083358/). Diversos estudios han encontrado que la presencia de ciertas hormonas en la leche está relacionada con varios tipos de cáncer en seres humanos, y para prevenirlos recomiendan que se generen sistemas de detección de los niveles de estrógenos en la leche (https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC4524299/).

     Dado que las vacas lecheras están preñadas de forma continua, suelen padecer mastitis, inflamaciones e infecciones de las ubres que acaban transmitiendo sangre, pus y bacterias a la leche. La solución industrial es el suministro de antibióticos que luego se transmiten a la leche (https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0022030261898196). Además, la industria elimina otro tipo de contaminaciones de la leche con procesos como la clarificación (para eliminar polvo y tierra), bactofugación (elimina bacterias mediante la centrifugación), el filtrado (se utiliza para eliminar sangre, pelos, paja o estiércol), deodorización (para quitar los olores a estiércol) y la pasteurización o ultrapasteurización (UHT).

     Las pasteurizaciones destruyen vitaminas como la B1, B2, folato, E y B12, lo cual disminuye el valor nutritivo de la leche. Los fermentos lácteos y anticuerpos beneficiosos son desnaturalizados o destruidos por la pasteurización resultando en una leche desvitalizada y sin probióticos como las bacterias beneficiosas lactobacillus acidophilus. La erradicación de bacterias beneficiosas acaba facilitando el crecimiento de bacterias patógenas. La leche que se comercializa hoy es un esqueleto de la leche natural.

    En su conjunto, hay evidencias científicas y estadísticas que apuntan a que la leche, con la excepción de la materna durante la infancia, no es un alimento saludable. Tiene poco valor nutricional relevante para la salud, sobre todo la leche industrial, y genera riesgos de padecer enfermedades severas.